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La innovación requiere libertad económica

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11/17/2018Ludwig von Mises

[Extraído del capítulo 16 de Teoría e historia (1957)]

Una civilización es el producto de una visión definida del mundo y su filosofía se manifiesta en cada uno de sus logros. Los artefactos fabricados por hombres pueden calificarse de materiales. Pero los métodos a los que se recurre en la disposición de actividades de producción son mentales, el resultado de ideas que determinan qué debería hacerse y cómo. Todas las ramas de la civilización están animadas por el espíritu que permea su ideología.

La filosofía que es la marca característica de Occidente y cuyo desarrollo constante en los últimos siglos ha transformado todas las instituciones sociales ha sido llamado individualismo. Mantiene que las ideas, tanto las buenas como las malas, se originan en la mente de un hombre individual. Solo unos pocos hombres están dotados de la capacidad de concebir nuevas ideas.

Pero como las ideas políticas solo pueden funcionar si son aceptadas por la sociedad, corresponde a la masa de quienes son incapaces de desarrollar nuevas formas de pensar aprobar o desaprobar las innovaciones de los pioneros. No hay seguridad de que las masas de seguidores y rutinarios hagan un uso inteligente del poder del que están investidas. Pueden rechazar las buenas ideas, aquellas cuya adopción les beneficiaría, y aceptar malas ideas que les dañen seriamente.

Pero si eligen lo peor, la culpa no es solo suya. No es menor la culpa de los pioneros de buenas causas al no conseguir exponer sus pensamientos de una forma más convincente. La evolución favorable de los asuntos humanos depende en último término en la capacidad de la raza humana para engendrar no solo autores sino también apóstoles y divulgadores de ideas benéficas.

Uno puede lamentar el hecho de que el destino de la humanidad esté determinado por las (ciertamente no infalibles) mentes de los hombres. Pero ese lamento no puede cambiar la realidad. De hecho, la eminencia del hombre se puede ver en su poder para elegir entre el bien y el mal. Es precisamente esto lo que los teólogos tenían en mente cuando alababan a Dios por haber conferido al hombre la discreción para realizar esta elección entre virtud y vicio.

Los peligros propios de la incompetencia de las masas no se eliminan transfiriendo la autoridad para tomar las decisiones definitivas a la dictadura de un hombre o unos pocos, por muy excelentes que sean. Es una ilusión esperar que el despotismo se alinee siempre con las buenas causas. Es característico del despotismo que intente torcer los esfuerzos de los pioneros para mejorar la parte de sus conciudadanos.

El principal objetivo del gobierno despótico es impedir cualquier innovación que pueda poner en peligro su propia supremacía. Su propia naturaleza de impulsa a un conservadurismo extremo, a la tendencia a retener lo que es, sin que importe lo deseable que pueda ser un cambio para el bienestar del pueblo. Se opone a las nuevas ideas y a cualquier espontaneidad por parte de los súbditos.

A largo plazo incluso los gobiernos más despóticos con toda su brutalidad y crueldad no están a la altura de las ideas. La ideología que ha ganado el apoyo de la mayoría acabará prevaleciendo y recortando la hierba bajo los pies del tirano. La mayoría oprimida se levantará en rebelión o acabará con sus amos.

Sin embargo, esto puede tardar en ocurrir y entretanto puede haberse infligido un daño irreparable en la riqueza común. Además, una revolución significa necesariamente un disturbio violento de la cooperación social, produce grietas y odios irreconciliables entre los ciudadanos y puede engendrar amargura que puede durar siglos. La principal ventaja y razón para lo que se llaman instituciones constitucionales, democracia y gobierno del pueblo ha de verse en el hecho de que hacen posible el cambio pacífico en los métodos y personas del gobierno.

Donde hay un gobierno representativo, no hacen falta revoluciones ni guerras civiles para eliminar a un gobernante impopular y a su sistema. Si los hombres al cargo y sus métodos de conducir los asuntos públicos ya no placen a la mayoría de la nación, son reemplazados en la siguiente elección por otros hombres y otro sistema.

De esta forma, la filosofía de individualismo demolió la doctrina del absolutismo, que atribuía dispensa divina a príncipes y tiranos. Al supuesto derecho divino de los reyes ungidos se oponían los derechos inalienables otorgados al hombre por su creador. Frente a la afirmación del estado de aplicar la ortodoxia y exterminar lo que consideraba herejía, proclamaba la libertad de conciencia. Contra la rígida preservación de las viejas instituciones convertidas en odiosas con el paso del tiempo, apelaba a la razón. Así inauguraba una era de libertad y progreso hacia la prosperidad.

No se les ocurrió a los filósofos liberales de los siglos XVIII y XIX que aparecería una nueva ideología que rechazaría resueltamente todos los principios de libertad e individualismo y proclamaría la total subyugación del individuo a la tutela de una autoridad paternal como el objetivo más deseable de la acción política, el final más noble de la historia y la consumación de todos los planes que tenía en mente Dios al crear el hombre.

No solo Hume, Condorcet y Bentham sino incluso Hegel y John Stuart Mill habrían rechazado creerlo si alguno de sus contemporáneos hubiera profetizado que en el siglo XX la mayoría de los escritores y científicos de Francia y las naciones anglosajonas se mostrarían entusiasmadas por un sistema de gobierno que eclipsa a todas las tiranías del pasado en una persecución despiadada de los disidentes y en esforzándose por privar al individuo de cualquier oportunidad de actividad espontánea. Habrían considerado a ese hombre un lunático que les decía que la abolición de la libertad, de todos los derechos civiles y de un gobierno basado en el consentimiento de los gobernados sería llamada liberación. Aún así, ha ocurrido todo esto.

El historiador puede entender y dar explicaciones timológicas para este cambio radical y repentino en la ideología. Pero esa interpretación en como alguno desmiente los análisis y críticas de filósofos y economistas sobre las falsas doctrinas que engendraron este movimiento.

La piedra angular de la civilización occidental es la esfera de acción espontánea que garantiza al individuo. Siempre ha habido intentos de acabar con la iniciativa individual, pero el poder de perseguidores e inquisidores no ha sido absoluto. No pudo impedir al auge de la filosofía griega y su derivación romana o el desarrollo de la ciencia y filosofía modernas.

Dirigidos por su genio innato, los pioneros han culminado su trabajo a pesar de toda hostilidad y oposición. El innovador no tuvo que esperar a una invitación u orden de nadie. Pudo dar un paso al frente por sí mismo y desafiar a las enseñanzas tradicionales. En la órbita de las ideas, Occidente siempre ha disfrutado por extenso las ventajas de la libertad.

Más tarde se produjo la emancipación del individuo en el campo de los negocios, un logro de esa nueva rama de la filosofía, la economía. Se dieron manos libres a los empresarios que sabían cómo enriquecer a sus conciudadanos mejorando los métodos de producción. Un cuerno de la abundancia se derramó sobre los hombres comunes mediante el principio empresarial capitalista de producción en masa para la satisfacción de las necesidades de las masas.

Con el fin de comprobar justamente los efectos de la idea occidental de libertad debemos comparar Occidente con las condiciones que prevalecen en aquellas partes del mundo que nunca han entendido el significado de la libertad.

Algunos pueblos orientales desarrollaron filosofía y ciencia mucho antes de que los antepasados de los representantes de la moderna civilización occidental superaran su barbarismo primitivo. Hay buenas razones para suponer que la astronomía y las matemáticas griegas obtuvieron su primer impulso al conocer lo que se había conseguida en el este.

Cuando más tarde los árabes tuvieron conocimiento de la literatura griega en las naciones que conquistaron, empezó a florecer una notable cultura musulmana en Persia, Mesopotamia y España. Hasta el siglo XIII, la enseñanza árabe no era inferior a los logros contemporáneos de Occidente. Pero más tarde la ortodoxia religiosa obligó a una conformidad inquebrantable y puso fin a toda actividad intelectual y pensamiento independiente en los países musulmanes, como había ocurrido antes en China, India y en la órbita del cristianismo oriental.

Las fuerzas de la ortodoxia y la persecución de los disidentes, por otro lado, no pudieron silenciar las voces de la ciencia y la filosofía occidentales, pues el espíritu de libertad e individualismo ya era suficientemente fuerte en Occidente como para sobrevivir a todas las persecuciones. A partir del siglo XIII, todas las innovaciones intelectuales, políticas y económicas se originaron en Occidente. Hasta que Oriente, hace unas pocas décadas no fructificó por el contacto con Occidente, la historia al registrar los grandes nombres de la filosofía, la ciencia, la literatura, la tecnología, el gobierno y los negocios apenas podía mencionar a algún oriental.

Había estancamiento y un rígido conservadurismo en Oriente hasta que las ideas occidentales empezaron a filtrarse. Para los propios orientales la esclavitud, la servidumbre, la intocabilidad, costumbres como el satí o aplastar los pies de las niñas, los castigos salvajes, la miseria masiva, la ignorancia, la superstición y la indiferencia por la higiene no les causaban ningún problema. Incapaces de entender el significado de la libertad y el individualismo, hoy están embelesados con el programa del colectivismo.

Aunque estos hechos son bien conocidos, hoy millones apoyan entusiastamente políticas que se dirigen a la sustitución de la planificación autónoma de cada individuo por la planificación por una autoridad. Están añorando la esclavitud.

Por supuesto, los defensores del totalitarismo protestan diciendo que lo que quieren abolir es “solo la libertad económica” y que todas “las demás libertades” permanecerán incólumes. Pero la libertad es indivisible. La distinción entre una esfera económica y una esfera no económica de la vida y actividad humanas es la peor de sus mentiras. Si una autoridad omnipotente tiene el poder de asignar a cada individuo las tareas que tiene que realizar, no le queda nada que pueda calificarse como libertad y autonomía. Solo puede elegir entre la estricta obediencia y la muerte por hambre.

Pueden nombrarse comités de expertos para ayudar a la autoridad planificadora sobre si a un joven debería dársele o no una oportunidad para prepararse y trabajar en un campo intelectual o artístico. Pero una disposición así solo puede generar discípulos comprometidos con la repetición como loros de las ideas de la generación precedente.

Impediría innovadores que estén en desacuerdo con las formas de pensamiento aceptadas. No se habría logrado nunca ninguna innovación si su originador hubiera necesitado una autorización de quien quisiera desviar sus doctrinas y métodos. Hegel no habría aceptado a Schopenhauer o Feuerbach, ni el profesor Rau hubiera aceptado a Marx o Carl Menger.

Si el consejo supremo de planificación es quien acaba determinando qué libros se van a imprimir, quién va a experimentar en los laboratorios y quién va a pintar o esculpir y qué alteraciones en los métodos tecnológicos deberían adoptarse, no habrá ni mejoras ni progreso. El hombre individual se convertirá en un peón en manos de los gobernantes, que en su “ingeniería social” le manejará como hacen los ingenieros con las materias con la que construyen edificios, puentes y máquinas.

En toda esfera de actividad humana, una innovación es un desafío no solo a todos los rutinarios y expertos y practicantes de los métodos tradicionales, sino aún más a aquéllos que han sido innovadores en el pasado. Se encuentra en principios una importante oposición pertinaz. Esos obstáculos pueden superarse en una sociedad en la que haya libertad económica. Son insuperables en un sistema socialista.

La esencia de la libertad de un individuo es la oportunidad de desviarse de los métodos tradicionales de pensamiento y de hacer las cosas. La planificación por una autoridad establecida impide la planificación por parte de los individuos.

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