Power & Market

¿Benefician a la economía las fusiones y adquisiciones?

06/13/2018Jeff Deist

La mega-fusión de 85.000 millones de dólares de AT&T con Time Warner parece dirigirse hacia la consumación, lo que creará una gran empresa de medios digitales con apoyo en la telecomunicaciones. ¿Pero esta interminable pelea por las órbitas oculares y los clics, la búsqueda por determinar qué plataformas elegirán los quisquillosos consumidores en años venideros crea realmente algún valor para los accionistas? ¿O acabará como la fusión AOL/Time Warner de 2000, un símbolo de predicciones optimistas injustificadas acerca del valor de fusionar plataformas tecnológicas?

Más allá de las empresas de medios digitales, se avecinan preguntas acerca del auge del mercado de fusiones y adquisiciones en general. ¿Es el mundo de estos acuerdos sobre todo mala inversión, como dice David Stockman, o al menos alguna actividad transaccional representa asignaciones orgánicas y sanas de capital? ¿Son los precios de valoración y compra de las empresas algo completamente desbocado, debido a un mercado bursátil impulsado por la Fed? ¿Las recompras de acciones, capitalizaciones creativas y fusiones horizontales inacabables intentan crear crecimiento “financiero” artificial en lugar de real?

Todas estas preguntas están sin responder y los lectores de mises.org no necesitan ninguna explicación de cómo los bancos centrales y los tipos bajos de interés crean malas inversiones. Pero (voz de tráiler de película) en un mundo controlado por los bancos centrales, la respuesta maldita es que nunca podemos saberlo. Eso es precisamente lo que dice Stockman: como la Fed controla el precio más importante de la economía (el tipo de los fondos de la Fed) es imposible saber el verdadero precio de nada.

El valor es subjetivo y oferta y demanda determinan los precios. Ambas mediciones se expresan en dólares.

Así que el brillante chico tecnológico que consigue 30 millones de dólares de un fondo de capital riesgo para una nueva gran idea puede haber creado valor para la sociedad, lo que lo justifica, o puede ser el afortunado receptor de un dinero barato disparado al azar y lanzado alrededor por gestores de fondos en busca de rendimiento que esperan que la idea del chaval multiplique el dinero por 20 o por 50 para cubrir las pérdidas en otros lugares.

Es cierto que esto vale para todos los mercados especulativos. Capital riesgo, fusiones y adquisiciones y bolsa tendrían distribuciones distintas de ganadores y perdedores sin la Fed. Pero uno de los grandes problemas de la banca centralizada es generalmente este: cuando manipulas el coste del dinero y el crédito, manipulas necesariamente esa distribución. Esto refuerza la percepción de que la riqueza es un juego trucado y de que en realidad crea una clase inmerecida de élites relacionadas con la Fed en sectores altamente “financializados”.

Una empresa que espera embolsarse dinero barato es Vice Media, una plataforma azarosa de medios centrada en lo que el cliché publicitario conoce como “mercado joven”. Os habréis topado con Vice.com o visto sus ubicuos vídeos en aviones o feeds de redes sociales. El enfoque es decididamente izquierdista, lo que no es una sorpresa, pero también bastante interesante: un vídeo reciente destacaba la trágica historia de Haití y la República Dominicana con explicaciones convincentes sobre el terreno.

Aun así, en el mejor de los casos, es una marca de nicho. Así que imaginaos pensar que Vice.com vale varios miles de millones de dólares, clasificándola entre las empresas privadas más valiosas de EEUU. Imaginad que pronto valdrá 50.000 millones de dólares, tal vez en una década. Imaginad pensar que la empresa está enormemente infravalorada, así que ponéis sobre la mesa 70.000 millones de dólares de vuestro bolsillo e invertís en algo que no entendéis muy bien, pero que imagináis que representa el pensamiento joven y revolucionario.

Podríamos llamar loco a una persona así, alguien que sufre de amnesia histórica en lo que se refiere a las burbujas punto com y de vivienda, que olvida la importancia de los fundamentales y las ganancias reales en empresa sobrevaloradas. Podríamos calificarlo como un idiota que se merece perder dinero. O podríamos llamarlo un genio, si todo acaba saliendo bien. De hecho, ese inversor de 70.000 millones de dólares de 2012 era nada menos que Rupert Murdoch, para todos un brillante y sagaz magnate de los medios, por no decir un duro inversor. Y no está solo, ya que un importante inversor en valores (TPG) invertía 450 millones de dólares solo un año antes.

Saltamos al día de hoy y Vice Media está en el alambre por una combinación de retraso en ingresos, un confuso grupo de plataformas y la lucha por entender las costumbres televisivas de los milenials. Así que puede que no se identifique fácilmente la próxima ronda de Murdochs y TPGs.

Vice, tenedlo en cuenta, produce “contenido” en lugar de bienes o servicios tangibles. Y no solo cualquier contenido, sino contenido innovador, que requiere una comprensión casi preternatural de los cambiantes panoramas de la redes sociales y las modas. Lo innovador es amorfo y se pierde rápidamente. Pero peor aún es el riesgo de una compañía estancada que se imagina que sigue siendo innovadora, es decir, a la que le falta conciencia de sí misma. Se me viene a la cabeza la ahora destrozada Rare, así como Buzfeed, ahora en aprietos.

Todo esto sugiere que Vice necesita a las personas correctas y un flujo constantemente nuevo de ellas para seguir siendo relevante. Esto es una hazaña incluso para el mundo más viejo y lento de la imprenta, como puede atestiguar cualquiera familiarizado con Rolling Stone o Spin. Así que invertir en Vice significa realmente invertir en personas, como su salvaje fundador Shane Smith, no en gestión, productos, marcas, procesos y sistemas. Y la gente es notablemente poco fiable.

Rupert Murdoch y TPG deberían estar preocupados.

Adendum: El mundo de los acuerdos hoy no es solo un fenómeno gran escala y que aparecen titulares. La actividad de los acuerdos en todos los tamaños de empresa es sólida, tanto en términos de volumen como de valor, a pesar de haberse enfriado algo con respecto a un pico reciente en 2015. Los compradores en fusiones y adquisiciones gastaron casi 5 billones de dólares anualmente, más de 1,5 billones de ellos en EEUU.

Las dos categorías principales de fusiones y adquisiciones distinguen entre compradores “estratégicos” y “financieros”.

Las adquisiciones estratégicas implican corporaciones existentes absorbiendo competidores, nuevas líneas de servicio, nuevas marcas o nueva tecnología, con el objetivo de una mayor integración vertical y economías de escala y gestión que hace posibles esa integración. “Sinergia” es la horrible palabra clave que se usa frecuentemente para describir a grandes corporaciones, ya sea fusionándose con una empresa de tamaño similar, absorbiendo negocios adicionales más pequeños como filiales o adquiriendo empresas ya establecidas para cubrir huecos en sus ofertas de productos y servicios.

Sin embargo, la integración vertical tiene un precio potencial. Como señala Rothbard en El hombre la economía y el estado, las empresas que se han convertido en demasiado grandes y dominantes en un sector se arriesgan a perder la perspectiva de las pérdidas y ganancias con respecto a los precios de transferencia entre filiales, la cantidad que cada filial “compra” a las otras bienes y servicios. Los ejecutivos corporativos que compran demasiadas empresas similares pueden encontrarse con información imperfecta acerca de las pérdidas y ganancias internas y así (como los planificadores soviéticos) convertirse en incapaces de asignar eficazmente recursos y poner precio a bienes/servicios finales.

Por norma, los compradores estratégicos son menos sensibles a los tipos de interés y las señales del banco central, porque las grandes empresas existentes a menudo ponen efectivo sobre la mesa o intercambian sus propias acciones valiosas. Cuando Amazon se limita a aportar 13.700 millones de dólares en efectivo para comprar Whole Foods, no lo hace para ganar dinero rápido o aprovechar los tipos bajos de interés (aunque sí emitiera deuda corporativa para conseguir parte del dinero). No se está dedicando abiertamente al tipo de ingeniería financiera que denosta David Stockman, aunque este si critique frecuentemente la falta de beneficios y dividendos de Amazon en relación con su desmesurado ratio P/E. Esencialmente, los compradores estratégicos (especialmente las corporaciones bursátiles) tienen a menudo el lujo de poder tomar decisiones de largo alcance.

Por contrario, los compradores financieros generalmente son fondos de inversión o de riesgo privados cuyos inversores quieren comprar una empresa y venderla en un plazo de 3 a 5 años. Cómo describe Peter Thiel en Zero to One, por cada inversión que funciona, la mayoría se apagarán. Así que el objetivo es evitar un exceso de aspectos negativos y así ganar tiempo para descubrir la gran inversión ganadora, una historia que Thiel conoce bien por su experiencia con PayPal, Ebay y Facebook (advirtamos que las empresas de inversión privada a menudo invierten en grandes empresas bursátiles; la distinción entre estratégica y financiera se basa en la identidad el comprador más que en la entidad objetivo).

Durante los buenos tiempos de las fusiones y adquisiciones privadas, desde mediados de la década de 1990 hasta el crash de 2008, Alan Greenspan y Ben Bernanke mostraron su compromiso en hacer barato y fácil el crédito y asegurarse de que las bolsas no estallarían. Así que los inversores privados en acciones respondieron racionalmente, comprando empresas con una relación de deuda de 1 parte a 6,7, 8 o más. A menudo la parte 1 de deuda estaba dividida en tramos y distribuida entre diversos fondos, aislando el riesgo de pérdida todavía más.

Tened en cuenta que la mayoría de los pagos corporativos de intereses son deducibles a efectos fiscales, mientras que los pagos de dividendos no lo son. Así que tiene sentido cargar a una empresa con deuda barata y usar los ingresos para pagar rápidamente esa deuda (mientras se deduce la porción del interés) en lugar de financiar gastos no deducibles de capital para mejorar la productividad futura. ¿Por qué preocuparse acerca de capex, desarrollo de producto o mejora de fábricas cuando de todas maneras planeas vender la empresa en tres años? Cárgala de deuda, despide a la dirección, coloca supervisores, pon todos los dólares disponibles a atender la deuda y lárgate antes de que empiece a mostrarse cualquier grieta a largo plazo. Después de todo, siempre habrá otra empresa de inversión privada (o IPO) esperando a comprar.

Este modelo es el que llevó a Mitt Romney de ser sencillamente un hombre rico a ser un hombre muy rico.

Es poco sorprendente que los gestores de fondos y los CEO corporativos desarrollaran una mentalidad a corto plazo: la política monetaria casi lo reclamaba. Y es poco sorprendente que los valores de las empresas aumentaran hasta alturas de locura, con muchos tratos financieros cerrados con un precio de compra que multiplicaba las ganancias por 10 o por 12.

Todo esto está impulsado por el crédito barato y todo se derrumbó en 2008. Pero si el volumen de fusiones y adquisiciones es un indicador, no hemos aprendido nada.

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Cómo el proteccionismo desperdicia capital

Al principio de su carrera, Mises fue un defensor importante del movimiento librecambista y estuvo muy implicado en las propuestas políticas de asociaciones de libre comercio en Europa. En sus años posteriores, mantuvo su visión de laissez faire puro del comercio internacional, pero más centrado en la batalla de las ideas. Aunque desperdigados a lo largo de sus demás obras y no recogidos en un tomo sobre “economía internacional”, sus análisis sobre el comercio y la política comercial son meticulosos y detallados, pero precisos, así como indispensables para una compresión correcta de la producción y el intercambio internacionales.

Para quienes lean las noticias recientes sobre la escalada de medidas proteccionistas entre EEUU y sus socios comerciales, he aquí un extracto de Problemas epistemológicos de economía, de Mises (pp. 237-239). La explicación es hoy completamente aplicable, 85 años después de que se publicara. En un breve subcapítulo, Mises (por usar una de sus expresiones favoritas) hace explotar la falacia del argumento de la industria incipiente para la protección comercial y emplea un argumento original y a menudo olvidado, que destaca el papel del cálculo monetario y los bienes inconvertibles de capital en la producción y el comercio.

El argumento de las industrias incipientes presentado a favor de los aranceles proteccionistas representa un intento desesperado de justificar dichas medidas son una base puramente económica, sin atender a consideraciones políticas. Es un grave error no darse cuenta de la motivación política detrás de la reclamación de aranceles a favor de las industrias incipientes. Los mismos argumentos que se presentan a favor de proteger un producto nacional en contra de la competencia exterior podrían también aducirse a favor de proteger una parte de un área aduanera general frente a la competencia de otras partes. Sin embargo, el hecho de que la protección se pida solo contra la competencia extranjera, pero no también contra la nacional, señala claramente la naturaleza real de los motivos detrás de la reclamación.

Por supuesto, puede ocurrir en algunos casos que la industria ya existente no esté funcionando en la ubicación más favorable de las que hay actualmente accesibles. Sin embargo, la cuestión es si trasladarse a la ubicación más favorable ofrece ventajas suficientemente grandes como para compensar el coste de abandonar las fábricas ya existentes. Si las ventajas son suficientemente grandes, trasladarse es rentable y se lleva a cabo sin intervención de una política arancelaria. Si no es rentable por sí misma y solo lo es en virtud del arancel, este último llevarían al gasto de bienes de capital para la construcción de fábricas que de otra manera nos habían construido. Estos bienes de capital dejan de estar disponibles donde hubieran estado si el estado no hubiera intervenido.

Todo arancel bajo cuya protección se crean nuevas fábricas que de otra manera nos hubieran construido mientras las plantas más antiguas creadas en otros lugares sigan siendo utilizables lleva al desperdicio de capital. Por supuesto, a los fanáticos de ambas orillas del océano que quieren “hacer racional la economía” no les importa que pase esto.

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Así es un privilegio

05/30/2018Jeff Deist

Imaginad una forma de dinero casi mágica, una que todos necesiten en el mundo y de la que quieran más. Imaginad que ese dinero estuviera en grandes cantidades en los bancos centrales y en los bancos comerciales de todo el mundo y también que se prestara con esa denominación por defecto en la mayoría de los instrumentos de deuda. Imaginad que ese dinero fuera usado casi exclusivamente por gobiernos, empresas y personas en todo el planeta a la hora de comprar petróleo y liquidar transacciones internacionales. Imaginad que ese dinero se emite a capricho por parte de un banco central y un Tesoro públicos y aun así se usara y aceptara a cambio de bienes reales y servicios en todo el mundo. Imaginad que ese gobierno fuera capaz de gastar desbocadamente, tomar dinero prestado y devolverlo a tipos de interés cada vez más bajos usando de nuevo el dinero que solo él produce. Y finalmente, imaginad una disposición política que perpetúe todo, creada delante del telón de fondo de un orden emergente de posguerra liderado por una nueva superpotencia militar y nuclear dominante.

Podríamos llamar “privilegio” a toda esa disposición, que es exactamente lo que disfruta hoy cualquier estadounidense al que se le pague en dólares de EEUU (o tenga activos denominados en dólares de EEUU).

Henry Hazlitt, entonces un importante columnista financiero del New York Times, no se hacía ilusiones acerca de lo que iba a significar el acuerdo de Bretton Woods de 1944. Sabía que crearía un sucedáneo de patrón oro, daría a Estados Unidos una influencia desmedida en los asuntos mundiales y llevaría a una inflación destructiva y al fin de cualquier cosa que se pareciera a una moneda fuerte en la economía global. Lo peor de todo es que veía cómo Bretton Woods relacionaba a todos los grandes gobiernos y bancos centrales de todo el mundo en una nefasta unión monetaria, en la que un control juicioso y prudente en de las divisas nominalmente soberanas las pondrían en desventaja frente al dólar de EEUU.

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Estados Unidos, entendía Hazlitt, podía ahora exportar inflación.

Bajo Bretton Woods, todo el mundo necesitaba dólares, igual que antes necesitaba oro. Valéry Giscard d'Estaing, expresidente de Francia y en su momento ministro de finanzas de Charles de Gaulle, calificaba la situación posterior a Bretton Woods como un “privilegio exorbitante” para Estados Unidos. Entendía que este privilegio concedía a Estados Unidos poder y prestigio económicos más allá de los que merecía realmente.

Con unos pocos peniques, el Tesoro de Estados Unidos podía fabricar un billete de 100$, pero el resto del mundo tenía que intercambiar bienes y servicios reales para conseguirlo.

Lo que tal vez no podía haber imaginado es el poder militar, geopolítico y cultural que acumularía Estados Unidos a lo largo del siguiente medio siglo. Bajo la poco sagrada trinidad del Banco de la Reserva Federal, el Tesoro de EEUU y el Congreso de EEUU, el estado estadounidense creció hasta convertirse en el gobierno más grande y poderoso de la historia de la humanidad. Ninguna cantidad de prodigalidad fiscal se permite que dañe al mercado de la deuda del Tesoro de EEUU, ni siquiera cuando el derrochador Congreso tendría que ser tratado como una república bananera y acusado de emitir bonos basura para inversores de alto riesgo.

¿Qué significa que el dólar de EEUU sea la divisa mundial de reserva? Significa una posición privilegiada para Estados Unidos en el mundo y un nivel inmerecido de bienestar económico y material. Pone a otros bancos centrales en la posición incómoda de mantener enormes reservas de dólares de EEUU y por tanto de sufrir si el dólar se viene abajo, aunque sus respectivos gobiernos y pueblos entiendan lo dañino que es para ellos el privilegio del dólar de EEUU tanto económica como geopolíticamente. Significa tener toda la fuerza del ejército y el arsenal nuclear de EEUU actuando como respaldo de ese privilegio. Y significa una forma de intervencionismo monetario de hecho en todo el mundo.

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El impulso ideológico a favor de la legalización

05/11/2018Mark Thornton

A los economistas austriacos nos causa una gran frustración no ser capaces de cambiar rápidamente las políticas públicas a corto plazo a pesar de tener grandes ideas teóricas sobre economía y política. Sin embargo, sabemos que a largo plazo podemos ayudar a cambiar las políticas públicas cuando podemos usar ideas y teorías científicas para cambiar la opinión pública o la ideología, lo que a su vez cambiará las políticas públicas. Un buen ejemplo es el cannabis o marihuana, que ha sido ilegal nacionalmente desde la aprobación de la Ley Fiscal de la Marihuana de 1937, que se convirtió en prohibición y acabó llevando al cannabis a ser droga de Clase 1, al igual que la heroína. Estados Unidos se ha visto expuesto a un siglo de propaganda contra el cannabis. Es conocido que las películas de la década de 1930 como Reefer Madness afirmaban falsamente que el cannabis podía transformar a buenas personas en asesinos, volverlas locas y matarlas. En 1972, solo el 12% de los estadounidenses apoyaban la legalización del cannabis. Esta experiencia ha arruinado millones de vidas y probablemente pase a la historia como uno de los grandes errores de la historia humana.

Por supuesto, muy recientemente muchos estados han legalizado el cannabis médico y recreativo. Ahora mismo el 62% de los estadounidenses apoya la legalización de la marihuana recreativa y casi ninguno se opone a la marihuana médica. Los científicos llevan mucho tiempo evitando intervenir en este asunto. El Dr. Sanjay Gupta invirtió su postura para apoyar el cannabis y eso probablemente cambio las opiniones de muchos. Hoy tenemos la noticia de que Fiona Godlee, editora principal de la prestigiosa revista British Medical Journal confirmaba que la postura de la revista acerca de que las drogas ilegales deberían legalizarse y regularse desde una perspectiva de salud pública. Incluyo aquí opiniones escritas de economistas sobre política sobre drogas.

Su declaración completa:

Algunas cifras de la revista de esta semana merecen reflexión. La guerra contra las drogas cuesta a cada contribuyente de Reino Unido unas 400£ al año. Reino Unido es actualmente el mayor exportador de cannabis legal, aunque su uso recreativo y medicinal son un delito. Escocia tiene la mayor tasa de muertes relacionadas con las drogas de la UE, el doble que hace 10 años. El comercio legal de drogas ilícitas equivale a 236.000 millones de libras, pero este dinero promueve el crimen organizado y la miseria humana. ¿Por qué no debería en su lugar financiar servicios públicos?

Un creciente número de países están siguiendo una ruta más inteligente, dicen Jason Reed y Paul Whitehouse (doi:10.1136/bmj.k1999). En Portugal, donde se ha despenalizado la posesión no violenta de drogas, el consumo no ha aumentado, pero las muertes relacionadas con drogas han caído considerablemente. En Holanda, EEUU y ahora en Canadá, los mercados regulados de venta de cannabis generan importantes ingresos fiscales.

Entretanto, en Reino Unido se gastan enormes sumas en la persecución de personas y tratando en vano de interrumpir la entrada de drogas en las ciudades, junto con “fronteras de condado” para niños vulnerables. Reed y Whitehouse hablan en nombre de la Law Enforcement Action Partnership, que pide legislación y regulación. Dicen que el dinero podría usarse en su lugar en control de calidad, educación, tratamientos para los consumidores de drogas y protección de niños. Los ingresos podrían desviarse de las bandas criminales a las arcas públicas.

Cuando las fuerzas de orden público reclaman que se legalicen las drogas, tenemos que escucharlas. También cuando hablan los doctores. El mes pasado, el Real Colegio de Médicos dio el importante paso de declararse a favor de la despenalización (doi:10.1136/bmj.k1832), uniéndose a la BMA, la Facultad de Sanidad Pública y la Real Sociedad de la Sanidad Pública en apoyo a la reforma de la política sobre drogas (doi:10.1136/bmj.j3461).

No se trata de si se piensa que las drogas son buenas o malas. Es una postura basada en evidencias completamente en línea con la aproximación de la sanidad pública hacia los delitos violentos. En su Editorial, John Middleton y Jonathan Shepherd dicen que la epidemia de delitos con armas blancas y de fuego de Reino Unido se debe en parte a la creciente disponibilidad de fetanilo y cocaína en forma de crack (doi:10.1136/bmj.k1967). La recién publicada estrategia contra la violencia grave del gobierno de Reino Unido reconoce la relación entre la prohibición de las drogas y la violencia, pero propone gastar 40 millones de libras en políticas relacionadas con la prohibición. Reed y Whitehouse dicen que esto no hará nada que evite el delito relacionado con las drogas.

La BMJ está firmemente a favor de los esfuerzos por legalizar, regular y gravar la venta de drogas para uso recreativo y medicinal. Es un asunto en el que las voces de los doctores podrían y deberían ser escuchadas.

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Los estadounidenses pagan el secretismo de Washington

05/09/2018James Bovard

El secretismo es un programa de prestaciones para pícaros. Gracias a la ridículamente llamada Ley de Responsabilidad del Congreso de 1995, las víctimas de supuestos acosos sexuales por parte de miembros del Congreso reciben indemnizaciones secretas financiadas por el contribuyente. Esto significa que los votantes raramente saben que sus dólares fiscales protegen los manoseos de sus representantes. Se han gastado más de 17 millones de dólares en indemnizaciones a empleados del Congreso que presentaron quejas sobre el entorno laboral.

Al mismo tiempo que un telón de acero de secretismo cubre buena parte del Washington oficial, los funcionarios federales multiplican sus intrusiones contra todos los demás. Mientras la NSA absorbe los datos privados de los estadounidenses, las instituciones federales tomaron más de 50 millones de veces la decisión de clasificar documentos en 2016. La Ley de Libertad de Información, uno de los baluartes infravalorados del autogobierno, se ha convertido en un espejismo en las décadas recientes.

Cuanta más información guarda el gobierno, más fácil le resulta manipular la opinión pública. Al revelar solo detalles que refuerzan las políticas de la administración, se impide que los ciudadanos evalúen las últimas apropiaciones de poder o intervenciones. Como advertía en 2002 un tribunal federal de apelaciones:

Cuando el gobierno empieza a cerrar puertas, controla selectivamente información que pertenece por derecho al pueblo. Información selectiva es desinformación.

Trump ganó la presidencia en 2016 en parte debido al disgusto y la desconfianza estadounidense hacia Washington. Al perpetuar la enorme mayoría del secretismo oficial y crear nuevos disfraces, Trump yerra en sus mejores oportunidades contra lo que llama el Estado Profundo. La luz del sol sería mucho más eficaz para secar el pantano que los resoplidos de Trump.

Leer el artículo completo en The Hill (en inglés).

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Argentina vende tonterías para ser rescatada

¡Sorpresa, sorpresa! Con el peso que sigue cayendo como una piedra frente al dólar de EEUU, Argentina ha apelado al FMI para un crédito de emergencia. Al solicitar el rescate, el presidente Macri citó la repentina aparición de factores globales más allá de su control para explicar el desplome del peso.

Durante los dos primeros años [de su administración] hemos contado con un contexto global muy favorable, pero eso hoy está cambiando, las condiciones mundiales están cada día más complejas, y por varios factores: está subiendo el tipo de interés, está subiendo el petróleo, se están devaluando las monedas de países emergentes, entre otras variables que nosotros no manejamos.

Pero esto es un montón de tonterías. Como señalaba en mi post de ayer, la caída del peso se debe a una cosa y solo a una: la enormemente alta tasa de crecimiento de la oferta monetaria desde que Macri asumió el cargo en diciembre de 2015. La tasa de crecimiento monetario excedió el 45% interanual durante los tres primeros trimestres de 2017 y nunca ha caído por debajo del 25% durante el mandato de Macri. El lugar de solicitar ayuda, lo que garantizará más crisis de divisa en el futuro, el presidente Macri tiene que pedir que cese la intervención del banco central en los mercados de moneda extranjera y permitir que el peso se deprecie y muestre el grado real de la inflación monetaria pasada. Si implanta luego un programa creíble (y en este momento, solo un programa de sacudida se considerará creíble) para acabar con la política monetaria inflacionista, la crisis de la divisa se curará por sí misma.

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¿Fue Mises un neoliberal?

04/23/2018Jeff Deist

¿Tiene el neoliberalismo, la consigna cansina de nuestro tiempo, una definición precisa?

La respuesta corta es que no, no la tiene. Al menos no una inmediata a mano, si este artículo de New Republic sirve como guía:

Para la izquierda, neoliberalismo tiene a menudo connotaciones de una forma de política liberal que ha adoptado soluciones basadas en el mercado para los problemas sociales: los intercambios de la Ley de Atención Asequible, por ejemplo, en lugar de un programa universal de un solo pagador como Medicare. [Jonathan] Chait argumenta que los izquierdistas usan la palabra para “agrupar al centro izquierda junto a la derecha” y así hacer del socialismo la única alternativa real. Pero la palabra también tiene sus detractores en la izquierda: El economista político Bill Dunn la considera demasiado estrecha de miras, raramente adoptada por la gente que se dice que describe. El historiador Daniel Rodgers, por su parte, argumenta que neoliberal significa demasiadas cosas diferentes y por tanto no basta.

¿Pero es neoliberal un insulto, como afirman algunos, usado para atacar a demócratas que se encuentran muy cómodos con Wall Street y las grandes empresas? ¿Describe a los liberales de izquierdas que han renunciado a luchar por un socialismo democrático completo y han vendido sus principios para disfrutar de los frutos del capitalismo injusto?

El antropólogo y geógrafo inglés David Harvey insinúa eso, aunque sí asigna elementos razonablemente cohesivos al término:

Una economía basada en la producción just-in-time, la internacionalización del capital, la desregulación de la industria, la falta de seguridad del trabajo y el ego empresarial. En los años posteriores, estas tendencias no han hecho más que acelerarse debido a mejoras en las tecnologías informáticas y a su difusión. Pero pocos llaman ya a esto “post-fordismo”. Sobre todo, lo llaman “neoliberalismo”.

Harvey se refiere a Henry Ford, no a Gerald Ford, en su identificación del neoliberalismo como la evolución política de las sociedades occidentales de estados-nación democráticos a subdivisiones de producción y consumo en masa sin fronteras. Y este materialismo está en el núcleo de por qué los progresistas de izquierdas ven el neoliberalismo como un término peyorativo y tal vez no sorprendentemente califican a la propia New Republic como una publicación neoliberal (a pesar de las protestas de Chait y otros). Para los progresistas, los Clinton, el Comité Nacional Demócrata y las publicaciones de los medios tradicionales progresistas de la vieja guardia son únicamente portavoces de las grandes empresas con inclinaciones de centroderecha.

Como pasa con la mayoría de los términos políticos (y politizados), las definiciones varían enormemente dependiendo de quién use el término. Murray Rothbard y Elizabeth Warren difícilmente quieren decir lo mismo cuando dicen “capitalismo” y todos sufrimos la tendencia a dar a las palabras significados que se ajustan a nuestros propósitos. Curiosamente, el uso del término “neoconservador” ha sido atacado igualmente como insulto, pensado como código para un inapropiado sionismo o un exceso de entusiasmo en emplear las fuerzas militares. Sin embargo, amablemente, el padrino de los neoconservadores, el propio Irving Kristol, nos proporciona los parámetros generales y la expresión ha perdido mucha de su mordiente en la época posterior a Bush/Cheny/Rumsfeld.

En el ambiente actual, podemos ofrecer una definición menos incendiaria, pero todavía vaga, del neoliberalismo que la de Harvey: el programa básico del liberalismo del fin del siglo XX (democracia social, educación pública, derechos civiles, derechos sociales, bienestar, feminismo y algún grado de gobierno global), unido a al menos una reticencia, si no un respeto abierto por el papel de los mercados en la mejora de la vida humana. En otras palabras, los neoliberales son liberales de izquierdas que aceptan el papel de los mercados y la necesidad de desarrollo económico como parte del gran programa progresista. Pensad en Bono, que se considera un “ciudadano del mundo” progresista, pero admira los mercados y el globalismo.

Teniendo en cuenta esta definición, el artículo de New Republic va por muy mal camino cuando afirma que el neoliberalismo “apareció a partir de las ruinas del Imperio Austro-Húngaro a principios del siglo XX”. Para empezar, es difícil considerar cualquier marco centenario como neo lo que sea. Y es difícil trazar una relación con sentido entre la primera y la segunda generación de economistas austriacos que escriben antes de la Segunda Guerra Mundial, antes de un verdadero comercio global y antes de la ascensión triunfal de los bancos centrales, con el programa político neoliberal actual de democracia social y globalismo político. Menger, Mises y Hayek, con su profunda consideración por la especialización, la ventaja comparativa y el comercio global, todos ellos escribían dentro de un marco básico de estados-nación.

Como suele pasar, los críticos de los mercados y la propiedad privada confunden medios con fines y suponen que una falta de preocupación por consideraciones “humanas” está ligada necesariamente a una rigurosa preocupación por las consideraciones materiales. Así, el autor Patrick Iber va por un camino resbaladizo escogiendo deliberadamente partes del pensamiento de Mises y Hayek, cuyo efecto es erróneo, si no malintencionado. Esto no es precisamente nuevo: Iber se limita a repetir los argumentos progresistas habituales: favorecen al capital por encima del trabajo. Apoyan la democracia solo como un medio para reducir los levantamientos violentos del pueblo. Apoyan al gobierno, pero solo al servicio de la riqueza y la propiedad. Y así sucesivamente. Aun así, para los patrones de New Republic trata algo justamente a ambos hombres, mucho mejor, por ejemplo, de lo que lo harían y han hecho el The New York Times o el Washington Post. Solo hay un ataque injusto fuera de contexto dirigido a Mises (“le agradó que un levantamiento antifascista fuera reprimido violentamente en 1927”); el artículo al menos reconoce las preocupaciones morales de Hayek sobre el apartheid en Sudáfrica y la dictadura de Pinochet en Chile.

Pero el autor se equivoca torpemente al asegurar al lector que Mises (el demócrata) prefería el capital al trabajo sirviendo a la burguesía y que Hayek pensaba que los mercados tenían prioridad sobre “los derechos humanos y la justicia social”. Esto es especialmente interesante, dada la perspectiva propia de Hayek acerca de este último concepto y la forma típicamente vaga en la que el autor emplea ambos.

Para nuestros propósitos, podemos distinguir claramente entre liberalismo “real”, o liberalismo clásico a falta de una expresión histórica mejor, y neoliberalismo. El liberalismo en la concepción de Mises se preocupa esencialmente por la propiedad privada. Desde este punto de vista, los medios de producción (el capital) está en manos privadas. No son propiedad del estado, de la sociedad, del “pueblo” ni colectivamente. Punto. Ninguna cantidad de semi-capitalismo regulado ni semi-socialismo pueden eludir este fundamento, porque tanto la libertad individual como la económica dependen del uso y control libre de la propiedad privada. El control sobre la propiedad, en el sentido de la capacidad de usar, alterar, enajenar, cargar o vender esta, es la esencia de la verdadera propiedad, aunque siempre esté sometida a la responsabilidad culpable por daños causados a otros. Cualquier volumen de impuestos, regulación o abierta confiscación erosiona necesariamente ese control, algo que reconocía Mises incluso dentro de este marco de democracia utilitarista como protector de los derechos de propiedad.

La insistencia en los derechos de propiedad como núcleo de cualquier programa liberal difícilmente se encuentra en el neoliberalismo actual, aunque repito que sigue en el núcleo de la antipatía progresista de izquierdas hacia el término. Sospechas de cualquier introducción o reintroducción de los mercados y la propiedad en lo que tendría que ser una visión general una planificación económica desde el estado.

Deberíamos señalar que Mises también adjuntaba a su programa de liberalismo dos importantes corolarios que eran “neo” en ese momento, concretamente en el periodo de entreguerras: libertad y paz. Contrariamente a lo que consideraba la “antigua” perspectiva del siglo XIX, un liberalismo “contemporáneo” había “superado” la versión antigua mediante “mejores y más profundas ideas de las interrelaciones”. Un liberalismo con sentido requería libertad política para el individuo, especialmente la libertad frente a la servidumbre involuntaria. Y la paz era la base para toda actividad económica real, ligada inevitablemente a la civilización. ¡Indudablemente, los lectores de New Republic se beneficiarían si entendieran lo progresista que era realmente cuando apareció por primera vez Liberalismo en 1927!

Una buena argumentación, al contrario que la política y la guerra abierta, requiere palabras y definiciones precisas. Por eso, por desgracia, casi toda conversación política evoluciona hacia lo que Orwell describía como “palabras sin sentido”. Las palabras sin sentido tratan de impugnar o atacar al “otro” en lugar de trasladar información específica o crear comprensión y consenso. La política no es una ciencia, pero a todos nos beneficiaría insistir en el rigor de las definiciones de los expertos políticos, igual que pasó en su momento con los científicos sociales. Significados imprecisos y semánticas cambiantes generan más calor que luz y nos dejan hablando a uno detrás de otro.

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Trump nombra otro candidato a la Reserva Federal aprobado por Obama

04/17/2018Tho Bishop

En ningún campo ha diferido más el presidente Trump de su retórica de campaña que en el de la política monetaria. Ayer Trump anunció los nombramientos de Richard Clarida y Michelle Bowman al Consejo de Gobernadores de la Reserva Federal, ocupando el primero el papel de vicepresidente. La nominación de Clarida en particular ejemplifica lo poco inspirados que han sido los nombramientos de Trump, ya que fue uno de los finalistas para la presidencia de la Fed bajo Obama hasta que pidió que no se considerara su nombre. Es curioso, ya que eso hizo que Jay Powell, el nuevo presidente de la Fed de Trump, ocupara su puesto.

Richard Clarida, antiguo cargo del Tesoro de Bush, trabaja actualmente como profesor en la Universidad de Columbia y asesor de Pacific Investment Management Co.  Es un neokeynesiano que ha publicado mucho sobre “política monetaria óptima”. (Guido Zimmerman tiene un interesante artículo en QJAE sobre el tema con referencias a algunos trabajos de Clarida).

En relación con sus opiniones sobre políticas, ofrece un interesante contraste con su compañero Marvin Goodfriend, cuya nominación se ha paralizado el Senado. A favor de Clarida, rechaza el apoyo de Goodfriend a los tipos negativos de interés, llegando a cuestionar su legalidad por parte de la Fed. En su papel de asesor en Pimco, su análisis ha cuestionado la eficacia del activismo monetario contemporáneo. Como coescribió en un análisis de junio del 2016:

En años recientes hemos descrito “cabalgar una ola” de intervenciones del banco central mientras se han ido desarrollando en distintos países diversas políticas no convencionales, generando retornos en los precios de los activos. Esta cabalgada ha funcionado bien en el pasado. Sin embargo, mirando por encima del horizonte, los retornos decrecientes en las intervenciones del banco central (y el potencial de activismo político para hacer más mal que bien, notablemente en el caso de la política de tipos negativos) se aconseja ir en contra de esa postura.

Por supuesto, también disiente en un área en la que Goodfriend piensa bien: el uso del balance de la Fed. Goodfriend ha advertido que la compra de activos que no son del Tesoro por parte de la Fed, como los títulos con respaldo hipotecario, la ponen en el negocio del asignación del capital. Por el contrario, Clarida piensa que la Fed fue demasiado moderada en la compra de activos tras la crisis financiera.

Como señala Matthew C. Klein, de Barron’s:

Clarida pensaba que la Fed podría haber respondido eficazmente a las recesiones comprometiéndose a comprar tantos bonos (incluyendo bonos hipotecarios y bonos corporativos) como fuera necesario para “limitar” los tipos de interés a los niveles que hubiera querido:

“Mucha de la literatura existente o se equivoca completamente o infravalora lo robusto que puede ser un programa de compra de activos a gran escala para rebajar los rendimientos de los bonos y/o los diferenciales de crédito (…) un banco central puede siempre y en todo lugar poner un mínimo a cualquier precio de un activo nominal (o serie de precios de activos nominales) durante tanto tiempo como quiera (…) Mientras el banco central esté dispuesto a comprar un volumen ilimitado de esos bonos (incluyendo potencialmente todos los valores existentes) al tipo de interés al que quiera poner un máximo, tendrá éxito. Y por supuesto, el razonamiento anterior también se aplica directamente a un programa de compra de activos a gran escala dirigido hacia los bonos corporativos o valores con respaldo hipotecario”.

La Fed tuvo éxito en poner un máximo en los costes de los préstamos al gobierno de Estados Unidos en la década de 1940 y esta experiencia fue citada por el personal de la Fed a mediados de 2003. Aunque la idea no consiguió atraer a los legisladores estadounidenses, el Banco de Japón ha usado con éxito el “control de la curva de rendimientos” para limitar los rendimientos de los bonos públicos japoneses desde 2016. La postura de Clarida en 2010 sugiere que le gustaría algo similar, tal vez incluyendo también bonos hipotecarios y bonos corporativos, si estuviera en la Fed en la próxima recesión.

En lo que se refiere a la reforma de la Fed, probablemente Clarida sea un aliado para los republicanos de la Cámara que han presionado para que la Fed adopte un marco de política monetaria basada en reglas. Clarida lleva mucho tiempo escribiendo acerca de las ventajas de un marco basado en normas e incluso tiene su propia versión “mirando al futuro” de la regla de Taylor.

Como miembro con voto de la Fed, Michelle Bowman también tendrá importancia sobre el futuro de la política monetaria, pero, hasta donde yo sé, no ha hecho ningún comentario público sobre el tema. En lugar de ser una economista, es una jurista que tuvo una larga carrera de Washington. Trabajó con el senador Bob Dole, el Comité de Transporte de la Cámara, el Comité de Supervisión de la Cámara, la FEMA y el secretario de seguridad nacional, Tom Ridge. No es el mejor currículo para secar el pantano.

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¡Devolved los tipos de interés!

04/17/2018Jeff Deist

Dejad que aumenten los tipos de interés. Mejor aún, dejad que funcionen los tipos de interés en el mercado, completamente independientes de los intentos del banco central de establecer o dar objetivos de tipos.

¿Cómo? No a través de un proceso ridículamente pequeño y lento de reducción de la Fed, sino a través de una venta completa y agresiva que los activos que siguen contaminando el balance de la Fed desde que esta empezó a comprar agresivamente esos activos a los bancos comerciales en 2008.

Esta fue la crítica de los tres intervinientes en nuestro evento de Nashville este último fin de semana: los tipos de interés tienen que aumentar para que pueda producirse alguna verdadera recuperación económica. La manipulación de los tipos de interés por la Fed y otros bancos centrales causa distorsiones incalculables en toda la economía. Hasta que no estemos dispuestos a ocuparnos de este problema, ningún cambio fiscal ni de política monetaria tendrá mucho sentido ni tendrá mucho efecto saludable. El dinero y el crédito continuarán dirigiéndose hacia usos por debajo del óptimo, los inversores se verán obligados a continuar buscando rendimientos en el casino de los mercados bursátiles y el Congreso (además de otros parlamentos occidentales) continuará produciendo déficits anuales de billones de dólares sin preocuparse mucho por el pago de la deuda.

Tal vez lo peor de todo es que el mundo continuará creyéndose un cuento: que la Fed realmente recapitalizó los bancos comerciales de EEUU en la crisis de 2008 y a través de rondas sucesivas de QE sin dolor ni consecuencias. ¿Tenemos que creer realmente que la base monetaria que sostiene a la divisa de reserva del mundo puede cuadruplicarse en menos una década sin causar ningún daño perdurable? ¿Que el exceso de gasto bruto del Congreso puede desaparecer sencillamente haciendo que la Fed proporcione un mercado para deuda del Tesoro con tipos minúsculos de interés? ¿O que los tipos de interés no deberían tener ninguna relación con los hábitos de ahorro de la sociedad?

Todo esto desafía la credulidad, que es por lo que precisamente la política monetaria confía tanto en la jerga tecnócrata y los procesos opacos: quieren confundirnos o aburrirnos para que no prestemos atención. Y así se tira para adelante, políticamente y a nivel político. Así es como nos hemos convertido en una sociedad con una alta preferencia temporal casi sin darnos cuenta.

Podéis escuchar aquí estas interesantes presentaciones del Dr. Robert Murphy, Carlos Lara y yo mismo (pronto habrá vídeos en el mismo enlace).

Estos extractos de mi discurso tratan de recordar al oyente que nada de esto es normal, de hecho es todo lo contrario. No hace mucho las sociedades prósperas se basaban en la noción de acumulación de capital, de producir más de lo que consumían, beneficiando a la siguiente generación con este proceso.

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Este es el cambio fundamental y básico que tiene que ocurrir. Necesitamos tipos de interés positivos, reales, tipos con sentido por encima de las tasas de inflación. Tenemos que recompensar el ahorro si pretendemos tener una economía creciente o sostenible.

No es una exageración decir que los tipos de interés dirigen la civilización.

Son las señales más importantes de una economía. Todo deriva de ellos, porque el coste de tomar prestado afecta al coste de casi todo.

Este es el punto de partida fundamental e inevitable para construir no solo una economía real, sino una cultura real. Toda sociedad rica acumula capital, toda sociedad rica produce y ahorra más de lo que consume y toma prestado. El deseo humano de dejar algo a generaciones futuras explica por qué todos nosotros hoy estamos rodeados de esplendor, en este restaurante, disfrutando de condiciones que nuestros abuelos no podrían siquiera haber imaginado.

Para hacer esto se necesitan verdaderos tipos de interés reales, precios del mercado para el dinero. Ahorradores y tomadores de préstamos, oferta y demanda, tienen que encontrarse. Tenemos para esto un mecanismo, que se llama mercado. Sin precios de mercado hay socialismo, lo contrario de los mercados.

¿Por qué entonces no protestan contra la planificación centralizada monetaria los economistas que en lo demás defienden el mercado libre?

El tipo de interés más importante es el tipo de los fondos federales, el tipo al que los bancos comerciales se prestan entre sí durante una noche si tienen que cumplir requisitos de reserva para sus préstamos. La Fed controla este tipo o le marca un “objetivo”, manipulando la cantidad de reservas que tienen los bancos en sus cuentas en la Fed. Los bancos con altas reservas no necesitan tomar prestado mucho de otros, así que el tipo de los fondos de la Fed permanece bajo y desde 2008 los bancos comerciales han recibido intereses sobre las reservas extraordinarias depositadas en la Fed, lo que anima a mantener balances altos y mantiene bajos los tipos.

Todos los tipos de interés comercial (por ejemplo, el interés que pagáis por vuestra hipoteca) deriva del tipo de los fondos de la Fed a partir de una base de coste más beneficio.

Pero cuando la Reserva Federal en la práctica mantiene los tipos de interés por debajo de los que habría habido naturalmente, crea una terrible desconexión entre prestamistas y prestatarios. Y esta desconexión causa increíbles distorsiones en toda la economía. Como dice David Stockman, debido a los bancos centrales, no hay en ningún lugar precios honrados para los bienes: sencillamente no sabemos, por ejemplo, cuánto debería costar un barril de petróleo, una fanega de trigo o un Honda Accord. La Fed ha distorsionado el precio más importante de toda la economía: el tipo de los fondos federales.

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¿Qué hace peligrosa la IA? El Estado

04/09/2018Per Bylund

Así que vi “Do you trust this computer?”, una película que “explora las promesas y peligros” de la inteligencia artificial. Aunque señala tanto lo bueno como lo malo, se centra evidentemente en cómo la IA podría producir “el fin del mundo como lo conocemos” (EFDMCLC). Es decir, si queda sin regular.

Sin embargo, es extraño que los ejemplos de IA de EFDMCLC fueran “armas autónomas” y “noticias falsas” esto último debido a cómo puede proporcionar una vía para que un dictador apoyado por una minoría se haga con el poder. Aunque entiendo (y temo) ambas cosas, los ejemplos tienen algo en común, pero no es la IA.

Ese algo es el Estado. Sólo los ejércitos del Estado y los grupos que tratan de alcanzar el poder en un Estado tienen interés en “robots asesinos”. También son desarrollados por y para esos grupos. El problema de las noticias falsas y la “influencia indebida” también se relaciona con el poder sobre el Estado. Ni las armas ni las noticias falsas requieren IA. Aun así, en un extraño giro, los productores de la película hacen de ellas un problema de IA. Peor aún: acaban la película indicando que el principal problema es que la IA “no está regulada”.

Pero esto es completamente ilógico: ¿cómo puede ser al mismo tiempo el Estado el problema y la solución?

Por el contrario, se nos pretende hacer creer que es problemático que Google registre nuestras búsquedas en la web y Facebook conozca nuestros amigos y creencias (“¿debido a las armas autónomas?”). Aunque estoy de acuerdo en que está feo, ninguna de ambas empresas está reclamando decidir sobre la vida y la muerte. De hecho, funcionan bajo la regulación más dura, que es el mercado. Porque están realizando inversiones para ganar dinero y solo se puede ganar dinero de una de dos maneras: ofreciendo algo que la gente quiere y está dispuesta a pagar (los medios “económicos” de Oppenheimer) o sencillamente quitándoselo a la gente contra su voluntad (medios “políticos”). Las empresas actúan de acuerdo con lo primero, lo que significa que están sometidas a la merced de los consumidores. El Estado funciona de acuerdo con lo segundo.

No, no estoy diciendo que la capacidad de jugar con las emociones de la gente, engañarla mediante información “falsa”, etc. no sea problemática. Estoy diciendo que la película olvida completamente el elefante en la habitación y además sugiere que este es la solución.

La lógica está basada en una ilusión, si no en una ideología: un rechazar ver lo que está evidentemente allí. La solución sencillamente no es una solución: si el estado “regulara” cómo usan Google y FB la IA para escudriñar los datos y dar a la gente lo que quiere ver, ¿qué hace que alguien piense que esto también se aplicaría al Departamento de Defensa o la NSA y sus datos, que no se recogen voluntariamente de los consumidores, sino en secreto? Y esto último es mucho más probable que pase con las armas autónomas. La película incluso dice que es así, pero parece pasar por encima de ese problema.

Para ilustrar la diferencia entre los medios políticos económicas de Oppenheimer, consideremos dos crisis recientes de confianza. La debacle de Cambridge Analytical hizo que Facebook cambiara inmediatamente su negocio al perder sus propietarios miles de millones cuando se desplomó el valor de la empresa. Ese valor se basa en la voluntad de la gente de usar el sitio web y sus aplicaciones para continuar compartiendo contenido. El hashtag #DeleteFacebook dañaba a los propietarios. Comparemos esto con lo que reveló Snowden: que el Estado espía a todos. Los datos se recogen en parte en empresas que al mismo tiempo se ven obligadas a cumplir con esas solicitudes y están obligadas formalmente a no decir nada acerca de ello. Sí, la filtración desató muchas emociones, pero ¿qué pasó con la vigilancia del “estado profundo”? Probablemente nada. Salvo tal vez algunas nuevas rutinas y probablemente más dinero para controlar filtraciones.

¿Cuáles son más problemáticos, los medios “económicos” que están sometidos a la confianza (en realidad, al capricho) de los consumidores o los medios “políticos” no sometidos al conocimiento ni la supervisión e irresponsables en absoluto porque es un secreto y porque pagamos por ello lo queramos o no?

Añadamos a esto cómo a estos últimos les interesa y tienen como objetivo tanto las armas autónomas como mantener/reclamar el poder del Estado. Es bastante evidente que la primera no es una solución utópica perfecta, pero es una que claramente tiene un mecanismo interno de control, porque se basa en el valor, mientras que la otra no, incluso se basa en realizarse en un completo secreto y a nuestra costa (involuntariamente). Sin embargo, esta última por alguna razón se trata en la película como la (¿“única”?) solución. Eso tal vez funcione bien sobre el sesgo de confirmación de la gente, porque hemos aprendido en la escuela y queremos creer que el estado “somos nosotros”. Vale, pero no somos nosotros espiándonos y fabricando armas autónomas. De hecho, sería difícil creer una decisión política de “dejar de desarrollar” esas armas. ¿Quién cree realmente que no continuarían haciéndolo a pesar de decir exactamente lo contrario?

De hecho, no hay ningún inconveniente si sencillamente se miente y finge. Mientras que, si es grave, las empresas pueden desaparecer de la noche a la mañana si la gente deja de confiar en ellas: su valor se habría esfumado. Así que la lógica de la película sencillamente no funciona, no tiene sentido. No puedo dejar de pensar que fabricar máquinas que piensen a “nuestro nivel” no puede ser tan difícil, si este es el estado de la inteligencia humana, nuestra capacidad de llegar lógicamente a conclusiones a partir de los datos disponibles. Y no puede ser difícil para las máquinas reconocer patrones reales y llegar a las conclusiones correspondientes.

Pero tal vez no debería sorprenderme que los productores de la película no entiendan la economía a un nivel esencial: señalan la automatización como un enorme problema, porque nos crea más valor con un coste menor. Perderíamos empleos. Oh, no. Pensar en esto esta mañana de lunes.

Aquí está el enlace para quien esté interesado. Parece que era gratis hasta ayer. Hoy cuesta 3,99$ visionarlo.

Tomado de @PerBylund en Twitter.

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