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El olvidado rescate de James Comey de la tortura en la Era Bush

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Tags Gran GobiernoEl Estado Policial

05/01/2018

“Aquí estoy, no puedo proceder de otra manera”, dijo James Comey al presidente George W. Bush en 2004, cuando este presionó a Comey (que era entonces Subfiscal General) para aprobar una política antiterrorista ilegal. Comey, que fue jefe del FBI de 2013 a 2017, estaba citando una frase musitada por Martín Lutero en 1521, cuando dijo al emperador del Sacro Imperio Germánico, Carlos V, que no se retractaría de sus duras críticas a la Iglesia Católica. La cita de Comey de sí mismo citando al padre de la Reforma es parte de su autobombo en sus nuevas memorias, A Higher Loyalty: Truth, Lies, and Leadership.

El presentador de MSNBC, Chris Matthews declaraba recientemente: “James Comey se hizo un nombre al oponerse a la tortura. Ya era conocido antes de que llegara Trump”. El columnista del Washington Post, Fareed Zakaria, en un artículo en el que declaraba que los estadounidenses deberían estar “profundamente agradecidos” a abogados como Comey, declaraba: “La administración Bush quería que se declarara que sus ‘técnicas mejoradas de interrogatorio’ eran legales. Comey creía que no (…) Así que Comey las limitó tanto como pudo”.

Martín Lutero se enfrentaba a la muerte para luchar contra lo que consideraba las herejías de su tiempo. Comey, un político importante en la administración Bush, encontró una manera más segura de oponerse al régimen secreto de torturas en todo el mundo de EEUU, considerado como una herejía contra los valores estadounidenses. Comey aprobó prácticas brutales y luego escribió varios memorandos y correos electrónicos preocupándose por su imagen.

 Comey se convirtió en subfiscal general a finales de 2003 y “supervisó la justificación legal usada para autorizar” programas clave de Bush en la guerra contra el terrorismo. En ese momento, la Casa Blanca de Bush estaba presionando al Departamento de Justicia para que aprobara una serie de prácticas extremas que habían empezado a usar poco después de los ataques del 11-S. Se había filtrado un memo del Departamento de Justicia de 2002 que declaraba que el presidente tenía derecho a ignorar la ley federal para aprobar técnicas de interrogatorio extremo. También se filtraron fotos de la prisión de Abu Ghraib mostrando prisioneros desnudos y apilados con bolsas en sus cabezas, simulacros de electrocución mediante un cable conectado al pene de un hombre, perros guardianes a punto de atacar a hombres desnudos y hombres y mujeres soldado sonrientes de EEUU celebrando esa sangrienta degradación. Un informe confidencial del Inspector General de la CIA advertía que los métodos interrogatorios de la CIA tras el 11-S podían violar la Convención Internacional contra la Tortura.

En lugar de acabar con los abusos, Comey rechazó el memo. Hablando a los medios en una sesión confidencial del 22 de junio de 2004, Comey declaraba que el memo de 2002 era “vago”, “teoría académica abstracta” y “legalmente innecesario”. Comey ayudó a redactar un nuevo memo con una base legal distinta para justificar los mismos métodos de interrogación.

Comey dio dos veces aprobación explícita a la tortura del “submarino”, que hacía que los detenidos estuvieran al borde el ahogamiento. Esta práctica se ha reconocido como delito de guerra por el gobierno de EEUU desde la Guerra Hispano-Estadounidense.

Comey escribía en sus memorias que perdía el sueño por su preocupación con respecto a las políticas de torturas de la administración Bush. Pero perder el sueño no era una opción para los detenidos, porque Comey aprobó la privación de sueño como técnica de interrogatorio. A los detenidos se les mantendría despiertos hasta 180 horas hasta que confesaran sus pecados. ¿Cómo funcionaba esto? En Abu Ghraib, la famosa prisión iraquí, un agente del FBI informó haber visto a un detenido “esposado a una barandilla con una bolsa de nylon en la cabeza y una cortina de ducha enrollada a su alrededor, siendo golpeado por un soldado para mantenerle despierto”.

Comey también aprobó las “golpes contra la pared”, lo que, como escribió el profesor David Cole, significaba que los detenidos podían ser lanzados contra una pared hasta 30 veces. Comey también aprobó que la CIA usara métodos de “interrogatorio” como bofetadas en la cara, encerrar a los detenidos en cajas pequeñas durante 18 horas y desnudos forzados. Cuando finalmente se hizo público en 2009 el memo secreto de Comey que aprobaba estos métodos, muchos estadounidenses se sintieron horrorizados y aliviados por que la administración Obama hubiera repudiado las políticas de Bush.

En lo que se refiere a la oposición a la tortura, la versión de Comey del “Aquí estoy” tiene más agujeros que un contrato inverso de hipoteca. Aunque Comey en 2005 aprobó cada uno de los 13 polémicos métodos de interrogatorio extremo, se opuso a combinar métodos múltiples sobre un detenido. Era como si Martín Lutero hubiera aprobado reticentemente que la Iglesia Católica vendiera indulgencias para expiar individualmente pecados de adulterio, robo, mentira y gula, pero se opusiera vehementemente a que se expiaran todos los pecados pagando una sola suma.

En 2014, el Comité de Inteligencia del Senado acabó publicando un informe enorme y los estadounidenses conocieron detalles espeluznantes del régimen de torturas de la CIA que había bendecido expresamente Comey, incluyendo muertes por hipotermia, alimentación rectal similar a violaciones de los detenidos, obligar a los detenidos a mantenerse en pie durante largos periodos con las piernas rotas y docenas de casos de personas inocentes tratadas brutalmente sin necesidad. Algunos psicólogos ayudaron al régimen de torturas, aconsejando sobre cómo destruir la voluntad y la resistencia de los prisioneros. El único cargo de la CIA que fue a prisión por el escándalo de las torturas fue el valiente delator John Kiriakou.

Si Comey hubiera dimitido en 2004 o 2005 para protestar por las técnicas de tortura que ahora afirma aborrecer, podría merecer algunas de las alabanzas que recibe ahora. Por el contrario, se mantuvo en la administración Bush y escribió un correo electrónico resumiendo sus objeciones, declarando que “mi tarea era proteger al Departamento y al F.G. [Fiscal General] y no podía estar de acuerdo con esto porque estaba mal”. Un análisis de 2009 del New York Times señalaba que Comey y dos colegas “han escapado en buena medida a las críticas [por aprobar la tortura] porque plantearon dudas acerca de los interrogatorios y la ley”. En Washington, escribir correos electrónicos está “lo suficientemente cerca del deber público” como para alcanzar la santidad.

Cuando Comey abandonó finalmente el Departamento de Justicia en agosto de 2005 para convertirse en el bien retribuido vicepresidente sénior de Lockheed Martin, proclamó en un discurso de despedida que proteger las “reservas” de “confianza y credibilidad” del Departamento de Justicia requiere “vigilancia” y “un compromiso inequívoco con la verdad”. Pero Comey perpetuaba políticas que hacían pedazos la credibilidad tanto del Departamento de Justicia como del gobierno de EEUU. Comey no siguió otra admonición de Martín Lutero. “No solo eres responsable de lo que dices, sino también de lo que no dices”.

James Bovard is the author of ten books, including 2012’s Public Policy Hooligan, and 2006’s Attention Deficit Democracy. He has written for the New York Times, Wall Street Journal, Playboy, Washington Post, and many other publications.

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